EL ENFRENTAMIENTO COMO BASE DESESTABILIZADORA.
Haciendo un poco de memoria y
recurriendo a todos estos años de estudio, sumando las lecturas que hago por
goce propio, puedo decir certeramente que nunca en la historia argentina se
habían sucedido hechos como los ocurridos el 19 y 20 de diciembre de 2001.
Tal vez el recuerdo más reciente fue
el estado de caos generado por la hiperinflación hacia fines de los ’80 durante
la gestión de Raúl Alfonsín, a lo que hace la ola de saqueos y de estado de
sitio. Más atrás en el tiempo, me hace eco la Revolución del Parque de 1890,
cuando los insurgentes bajo el ala de la Unión Cívica se rebelan contra el
unicato de Miguel Juárez Celman (Presidente de la Nación y, a su vez, Presidente
del Partido Autonomista Nacional) Sin embargo, esta revolución, embrionaria del
radicalismo argentino, no logró el objetivo último que era terminar con un
sistema que había concentrado el poder en muy pocas manos, llevado a la miseria
a la gran mayoría de la población, y que no actuaba conforme a los tiempos de
cambio que se vivían en el país hacia fines del siglo XIX. Por el contrario,
lograron sacar a Juárez Celman de poder, siendo sustituido por el
Vicepresidente Pellegrini.
El estallido del 2001 fue (y es) la
etapa final de una conjunción de factores que se fueron sucediendo a lo largo
de unos 30 años. La culpa no fue ni de De la Rúa, ni de Cavallo, ni del FMI, ni
de la gente.. Fue culpa de todo y de todos.
A mi entender, esta herida comienza
a abrirse en la década del ’30 con la seguidilla de gobiernos de facto que se
fueron instaurando en los siguientes 53 años de historia, que van de 1930 a 1983. En este período
señalado, la Argentina estuvo gobernada por 15 Presidentes de facto: José Félix Uriburu (1930-1932, derroca a
Hipólito Yrigoyen); Agustín Pedro Justo
(1932-1938); Arturo Rawson (1943,
encabeza el derrocamiento a Ramón Castillo); Pedro Pablo Ramírez (1943-1944); Edelmiro Julián Farrell (1944-1946); Eduardo Lonardi (1955, encabeza la Revolución Libertadora y el
derrocamiento de Juan Domingo Perón); Pedro
Eugenio Aramburu (1955-1958); José
María Guido (1958-1963, si bien pertenece a la Unión Cívica Radical
Intransigente, es designado por la Corte Suprema de Justicia y habilitado por
las Fuerzas Armadas); Juan Carlos Onganía
(1966-1970, derroca a Arturo Umberto Illía); Roberto Marcelo Levingston (1970-1971); Alejandro Agustín Lanusse (1971-1973); Jorge Rafael Videla (1976-1981, Golpe de Estado a María Estela
Martínez de Perón); Roberto Eduardo Viola
(1981); Leopoldo Fortunato Galtieri
(1981-1982) y Reynaldo Bignone (1982-1983).
Semejante castigo a la República se
fue agravando proporcionalmente a medida que cada golpe militar (o cívico
militar en muchos casos) irrumpía en el sistema. Llegamos los argentinos al
imaginario ¨con los militares estábamos mejor¨ en un acto de vomitivo
sincericidio al no pensar detenidamente en lo que estábamos diciendo.
Logramos llegar al fin de la etapa
de golpes militares, tras la nefasta dictadura de Videla, Massera, Viola,
Galtieri; pero sumada a los ingredientes antes agregados como eran Montoneros,
ERP, y la lucha armada generalizada en el país por la izquierda peronista.
De pronto el Estado de Derecho era
una concepción teórica, que desde tiempos memorables no era llevado a la
práctica. Jugaron con nuestra Patria, nuestra Historia, nuestro bolsillo y
nuestros sentimientos. ¿Te suena?
Las recetas económicas fueron de tan
variadas como Jefes de Estado tuvo la historia, pasando por un sistema de sustitución
de importaciones, liberalización, nacionalismo económico, privatización, más
liberalización..
Lo que se destruyó, a fin de
cuentas, fue el ser nacional. Esto también es alimentado por 200 años de
enfrentamientos, divisiones, sectorizaciones, pero sobretodo, marginaciones en
el seno de la sociedad argentina. Siempre se nos impuso decidir de qué lado
estábamos. Unitarios y federales, caudillos y estadistas, pueblo y oligarquía,
pobres y ricos, rubios y cabecitas negras, patria y antipatria, civiles y
militares, caceroleros y piqueteros. Ecuaciones excluyentes, forzadas en su
propio planteo, propensas a seguir en cartel apenas con cambios de elenco.
En la historia argentina las
antinomias retornan como si sólo se recordara de ellas el beneficio político
inmediato para quien las impuso y no el carácter corrosivo de su ingrediente
principal: el odio. Odio que se multiplica y se recicla entre ambas partes una
vez que la máquina arranca.
Todo se justificó en nombre de la
democracia incompleta. Los conservadores excluyeron a los radicales. Luego los
radicales se arrogaron de ser el todo (¨mi programa es la Constitución¨, decía
Yrigoyen). Después los conservadores industrializaron el fraude y espantaron a
los radicales. Siguió el peronismo, que excluyó a todos lo demás. Vinieron
todos los demás y excluyeron al peronismo. ¿Qué podía salir de esta serie
teñida por la parcialidad de las reglas de juego? Lo que salió: un eterno
malentendido sobre lo que significa ser opositor.*
Todo esto referido a las esferas de quienes detentaron el poder, y aquellos -todo el resto- que se lo disputaron. En el medio: la sociedad. Curtida y desorientada. Y nos usaron. Vaya si nos usaron. Vaciaron nuestras arcas, la del pueblo argentino, las vendieron al mejor postor e incluso nos quisieron convencer de que lo mejor no era lo de acá, sino lo de ¨allá¨:
* MENDELEVICH, Pablo (2008); ¨El país de las antinomias¨; Ediciones B Argentina; Buenos Aires, Argentina.
