El Reino de este Mundo (1949)
de Alejo Carpentier
¨El Reino de este Mundo¨ es una novela que se encuadra en ¨lo real maravilloso¨ y narra la revolución haitiana de 1804, iniciada en 1791.
En el prólogo, Carpentier describe su visión sobre ¨lo real maravilloso¨:
¨Después de
sentir el nada mentido sortilegio de las tierras de Haití, de haber hallado
advertencias mágicas en los caminos rojos de la Meseta Central, de haber oído
los tambores del Petro y del Rada, me vi llevado a acercar la maravillosa
realidad vivida a la acotante pretensión de suscitar lo maravilloso que
caracterizó ciertas literaturas europeas de estos últimos treinta años. Lo
maravilloso, buscado a través de los viejos clisés de la selva de Brocelianda,
de los caballeros de la Mesa Redonda, del encantador Merlín y del ciclo de
Arturo. Lo maravilloso, pobremente sugerido por los oficios y deformidades de
los personajes de feria — ¿no se cansarán los jóvenes poetas franceses de los
fenómenos y payasos de la fête foraine, de los que ya Rimbaud se había despedido
en su Alquimia del Verbo?—. Lo maravilloso, obtenido con trucos de prestidigitación,
reuniéndose objetos que para riada suelen encontrarse: la vieja y embustera
historia del encuentro fortuito del paraguas y de la máquina de coser sobre una
mesa de disección, generador de las cucharas de armiño, los caracoles en el
taxi pluvioso, la cabeza de león en la pelvis de una viuda, de las exposiciones
surrealistas. O, todavía, lo maravilloso literario: el rey de la Julieta de
Sade, el supermacho de Jarry, el monje de Lewis, la utilería escalofriante de
la novela negra inglesa: fantasmas, sacerdotes emparedados, licantropías, manos
clavadas sobre la puerta de un castillo.
Pero, a fuerza
de querer suscitar lo maravilloso a todo
trance, los taumaturgos se hacen burócratas.
Invocado por medio de fórmulas consabidas que hacen de ciertas pinturas un
monótono baratillo de relojes amelcochados, de maniquíes de costurera, de vagos monumentos fálicos, lo
maravilloso se queda en paraguas o langosta o máquina de coser, o lo que sea,
sobre una mesa de disección, en el interior de un cuarto triste, en un desierto
de rocas. Pobreza imaginativa, decía Unamuno, es aprenderse códigos de memoria.
Y hoy existen códigos de lo fantástico, basados en el principio del burro devorado
por un higo, propuesto por los Cantos de Maldoror como suprema inversión de la realidad, a los
que debemos muchos "niños amenazados por ruiseñores", o los
"caballos devorando pájaros" de André Masson. Pero obsérvese que cuando André Masson quiso dibujar la
selva de la isla de Martinica, con el increíble entrelazamiento de sus plantas
y la obscena promiscuidad de ciertos frutos, la maravillosa verdad del asunto
devoró al pintor, dejándolo poco menos que impotente frente al papel en blanco.
Y tuvo que ser un pintor de América, el cubano Wilfredo Lam, quien nos enseñara
la magia de la vegetación tropical, la desenfrenada Creación de Formas de
nuestra naturaleza —con
todas sus metamorfosis y simbiosis—, en cuadros monumentales de una expresión
única en la era contemporánea.
[…] Hay todavía
demasiados "adolescentes que hallan placer en violar los cadáveres de
hermosas mujeres recién muertas" (Lautreamont), sin advertir que lo
maravilloso estaría en violarlas vivas. Pero es que muchos se olvidan, con disfrazarse
de magos a poco costo, que lo maravilloso comienza a serlo de manera inequívoca
cuando surge de una alteración de la realidad (el milagro), de una revelación
privilegiada de la realidad, de una
iluminación inhabitual o singularmente favorecedora de las inadvertidas
riquezas de la realidad, de una ampliación de las escalas y categorías de la
realidad, percibidas con particular intensidad en virtud de una exaltación del
espíritu que lo conduce a un modo de "estado límite".
Para empezar, la
sensación de lo maravilloso presupone una fe. Los que no creen en santos no
pueden curarse con milagros de santos, ni los que no son Quijotes pueden
meterse, en cuerpo, alma y bienes, en el mundo de Amadís de Gaula o Tirante el
Blanco. Prodigiosamente fidedignas resultan
ciertas frases de Rutilio en Los
trabajos de Persiles y Segismunda, acerca de hombres transformados en lobos,
porque en tiempos de Cervantes se creía en gentes aquejadas de manía lupina.
Asimismo el viaje del personaje, desde Toscana a Noruega, sobre el manto de una
bruja. Marco Polo admitía que ciertas aves volaran llevando elefantes entre las
garras, y Lutero vio de frente al demonio a cuya cabeza arrojó un tintero.
Víctor Hugo, tan explotado por los tenedores de
libros de lo maravilloso, creía en aparecidos, porque estaba seguro de haber
hablado, en Guernesey, con el fantasma de Leopoldina. A Van Gogh bastaba con
tener fe en el Girasol, para fijar su revelación en una tela. De ahí que lo
maravilloso invocado en el descreimiento —como lo hicieron los surrealistas
durante tantos años— nunca fue sino una artimaña literaria, tan aburrida, al
prolongarse, como cierta literatura onírica "arreglada'', ciertos elogios
de la locura, de los que estamos muy de vuelta. No por ello va a darse la razón,
desde luego, a determinados partidarios de un regreso a lo real —término que
cobra, entonces, un significado gregariamente político—, que no hacen sino
sustituir los trucos del prestidigitador por los lugares comunes del literato
"enrolado" o el escatológico regodeo de ciertos existencialistas.
Pero es indudable que hay escasa defensa para poetas y artistas que loan el
sadismo sin practicarlo, admiran el supermacho por impotencia, invocan
espectros sin creer que respondan a los ensalmos, y fundan sociedades secretas,
sectas literarias, grupos vagamente filosóficos, con santos y señas y arcanos
fines —nunca alcanzados—, sin ser capaces de concebir una mística válida ni de
abandonar los más mezquinos hábitos para jugarse el alma sobre la temible carta
de una fe.
Esto se me hizo
particularmente evidente durante mi
permanencia en Haití, al hallarme en contacto cotidiano con algo que
podríamos llamar lo real maravilloso. Pisaba yo una tierra donde millares de
hombres ansiosos de libertad creyeron en los poderes licantrópicos de
Mackandal, a punto de que esa fe colectiva produjera un milagro el día de su
ejecución. Conocía ya la historia prodigiosa de Bouckman, el iniciado
jamaiquino. Había estado en la Ciudadela La Ferriére, obra sin antecedentes
arquitectónicos, únicamente anunciada por las Prisiones Imaginarias del
Piranese. Había respirado la atmósfera creada
por Henri Christophe, monarca de increíbles empeños, mucho más sorprendente que
todos los reyes crueles inventados por los surrealistas, muy afectos a tiranías
imaginarias, aunque no padecidas. A cada paso hallaba lo real maravilloso. Pero pensaba, además, que esa presencia y
vigencia de lo real maravilloso no era privilegio único de Haití, sino
patrimonio de la América entera, donde todavía no se ha terminado de
establecer, por ejemplo, un recuento de cosmogonías. Lo real maravilloso se
encuentra a cada paso en las vidas de hombres que inscribieron fechas en la
historia del Continente y dejaron apellidos aún llevados: desde los buscadores
de la Fuente de la Eterna Juventud, de la áurea ciudad de Manoa, hasta ciertos
rebeldes de la primera hora o ciertos héroes modernos de nuestras guerras de
independencia de tan mitológica traza como la coronela Juana de Azurduy.
Siempre me ha parecido significativo el hecho de que, en 1780, unos cuerdos
españoles, salidos de Angostura, se lanzaran todavía a la busca de El Dorado, y
que, en días de la Revolución Francesa —¡vivan la Razón y el Ser Supremo!—, el
compostelano Francisco Menéndez anduviera por tierras de Patagonia buscando la
Ciudad Encantada de los Césares. Enfocando otro aspecto de la cuestión, veríamos
que, así como en Europa occidental el folklore danzario, por ejemplo, ha
perdido todo carácter mágico o invocatorio, rara es la danza colectiva, en
América, que no encierre un hondo sentido ritual, creándose en torno a él todo
un proceso iniciado: tal los bailes de la santería cubana, o la prodigiosa
versión negroide de la fiesta del Corpus, que aun puede verse en el pueblo de
San Francisco de Yare, en Venezuela.
[…] Sin habérmelo
propuesto de modo sistemático, el texto que sigue ha respondido a este orden de
preocupaciones. En él se narra una sucesión de hechos extraordinarios,
ocurridos en la isla de Santo Domingo, en determinada época que no alcanza el
lapso de una vida humana, dejándose que lo maravilloso fluya libremente de una
realidad estrictamente seguida en todos sus detalles. Por que es menester
advertir que el relato que va a leerse ha
sido establecido sobre una documentación extremadamente rigurosa que no
solamente respeta la verdad histórica de los acontecimientos, los nombres de
personajes —incluso secundarios—, de lugares y hasta de calles, sino que
oculta, bajo su aparente intemporalidad, un minucioso cotejo de fechas y de
cronologías. Y sin embargo, por la dramática singularidad de los
acontecimientos, por la fantástica
apostura de los personajes que se encontraron, en determinado momento, en la
encrucijada mágica de la Ciudad del Cabo, todo resulta maravilloso en una
historia imposible de situar en Europa,
y que es tan real, sin embargo, como cualquier suceso ejemplar de los
consignados, para pedagógica edificación, en los manuales escolares.
¿Pero qué es la
historia de América toda sino una crónica de lo real-maravilloso?¨
A.C.
Sólo la lectura de estas líneas a modo de prólogo, nos invita a leer un capítulo tras otro adentrándonos cada vez más, y de un modo fascinante, a la historia que aquí se desea contar.
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| Primera página del Capítulo I |
Espero que puedan conseguir este libro y lo disfruten tanto como yo lo he hecho.


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